jueves, abril 20, 2006

Robert Louis Stevenson: Apología de los Ociosos II

Pero aunque esta sea una de las dificultades del tema, no es la mayor. No se mete a nadie en prisión por hablar en contra de la industria, aunque sí es posible que sea enviado a Coventry por hablar como un loco. La mayor dificultad que presentan estos temas es su tratamiento; conviene por tanto que por favor recuerden que esto es una apología. Cierto es que mucho puede ser juiciosamente argumentado en favor de la diligencia, pero una sola cosa hay que decir en contra de ella, y es lo que en esta ocasión, voy a decir. Declarar una opinión no significa necesariamente mostrarse sordo a las otras, y porque un hombre haya escrito un libro de viajes en Montenegro, nada quita esto para que también haya estado en Richmond.
Seguramente está más allá de toda duda que la gente suele estar bastante ociosa en su juventud. Y aunque de vez en cuando nos topemos por ahí con algún Señor Macaulay que logra pasar por todos los honores escolares sin necesidad de su ingenio, la mayor parte de los muchachos pagan caras sus medallas porque después nunca lograrán tener un tiro de suerte y empiezan su vida en la bancarrota. Y otro tanto sucede durante el tiempo en que un joven está educándose, o soportando que otros lo eduquen. Debió ser sin duda un viejo señor muy tonto quien en Oxford se dirigió a Johnson con estas palabras: “Jovencito, aplíquese diligentemente ahora a sus libros, y adquiera un buen capital de conocimientos, ya que cuando los años le encuentren, encontrará que estudiar los libros es una tarea bastante aburrida.” El viejo caballero parece ser inconsciente de que existen otras cosas, aparte de los libros, que se ponen tediosas, y muchas se vuelven imposibles, cuando los hombres llegan a una edad en que tienen que conformarse con usar anteojos y andar con un bastón. Los libros resultan buenos a su manera, pero no por ello dejan de ser un pálido sustituto de la vida. Triste es sentarse, como la señora de Shalott, con la cara vuelta hacia el espejo, y dando la espalda al bullicio y al encanto de la realidad. Y cuando un hombre lee con exceso, como la vieja anécdota nos recuerda le queda muy poco tiempo para pensar.
Si volvieran la vista atrás en su propia educación, estoy seguro de que no serán las vívidas, plenas e instructivas horas de travesuras las que lamentan, sino más bien los insulsos y desgraciados momentos, entre sueño y sueño, en medio de las clases. Por mi parte, puedo decir que no fueron pocas las clases a las que asistí en mi época, todavía recuerdo que el girar del trompo es un caso de Estabilidad Cinética. También recuerdo que la enfiteusis no es una enfermedad, ni el estilicio un crimen. Pero aunque no renuncio a esta parte de la ciencia, tampoco las sitúo al mismo nivel que las cosas sueltas que aprendí en la calle mientras jugaba a ausentarme de clases. No es el momento de extenderse sobre este potente lugar educativo, que fue la escuela favorita de Dickens y Balzac, y que cada año entrega tantos inmemorables maestros en la Ciencia de los Aspectos de la Vida. Bastará decir esto: si un niño no aprende en las calles es porque no tiene ninguna facultad de aprendizaje. No es necesario vagar siempre en las calles, porque si él prefiere, puede ir al campo atravesando los barrios residenciales. O puede lanzarse bajo unos matorrales o sentarse al lado de unas lilas, y fumar pipa tras pipa, al son del agua que pasa entre las piedras. Un ave cantará en la espesura. Y ahí él puede caer en una rama amable del pensamiento y considerar las cosas desde una nueva perspectiva. Entonces, si esto no es educación ¿qué es? Podemos imaginar al Sr.Worldly Wiseman acercándose al joven y manteniendo con él la siguiente conversación:
—Hola jovencito ¿qué haces tú aquí?
—A decir verdad, señor, tomo mi descanso.
—¿Y no es acaso ésta tu hora de clase? no deberías aplicarte a tus libros con diligencia, para al final obtener útiles conocimientos?
—Si me lo permite, así también aprendo
—¡Aprender! ¿Qué y de qué manera? ¿Acaso matemáticas?
—No, puede estar seguro.
—¿Metafísica, pues?
—Tampoco
—¿Es algún lenguaje?
—No, tampoco es lenguaje.
—¿Es de comercio?
—No tampoco es de comercio.
—¿Entonces, qué cosa es?
—“En realidad, señor, como luego va a llegar mi tiempo de peregrinación, deseo saber qué es lo que hacen las personas generalmente en mi caso, y donde están los peores abismos y espesuras del camino; así como también, las cosas que de más utilidad me serán para andarlo. Además, me siento aquí, al lado de este arroyo, para aprender a raíz del corazón una lección que mi maestro llama Paz o Contento”.